El derecho a la intolerancia
Me indignan las actitudes de las actuales figuras políticas. Más allá de la cercanía o lejanía ideológica, es preocupante ver al presidente de la primera potencia mundial, con la responsabilidad que tiene ese cargo, actuar como un niño con berrinches. Ver que cuando no está de acuerdo con alguien, tiene actitudes infantiles como poner sobrenombres despectivos, o directamente insultarlo. Es como si viéramos a un bully de presidente.
No hace falta mirar hacia los Estados Unidos. En Argentina sucede un fenómeno similar, donde el Presidente de la Nación insulta y apoda a quienes no concuerdan con él, teniendo constantemente una actitud agresiva y patoteril.
Destaco que no estoy hablando de cuestiones ideológicas, ya que en ciertos aspectos políticos o económicos podemos llegar a concordar con Trump o Milei. Sin embargo, al menos yo, me encuentro totalmente en contra de sus formas de expresarse.
En nuestro país, por ahora, tenemos la suerte de que quienes han accedido a la Presidencia de la República, después de restaurada la democracia, no han tomado posturas tan agresivas, pudiendo llegar a afirmar, que pese a tener cada uno sus ideas, han tenido actitudes conciliadoras.
Lamentablemente, nuestro país no es una isla, y podemos ver que estas actitudes se están filtrando en nuestros políticos, particularmente en el Parlamento.
Partimos de que el Parlamento es una representación del pueblo. Debemos exigir a nuestros políticos que representen los intereses por los cuales los votamos. No obstante, yo entiendo que esto no es suficiente. No solo es un cargo de representatividad, sino que también es un cargo de ejemplaridad.
Al político hay que exigirle una actitud más ajustada que al ciudadano que lo votó. Debe cuidar su honor, y el honor ajeno.
Tristemente esto no lo estamos viendo. Algunos parlamentarios directamente insultan, no solo en redes sociales, sino en el mismo Senado, a sus compañeros de cámara, a miembros del Ejecutivo e inclusive a ciudadanos en sus cuentas de Twitter.
Estas actitudes las vemos tanto en el oficialismo como en la oposición, donde se cruzan insultos y entran en escaramuzas irreverentes, como cuando escuchábamos un intercambio entre un Senador opositor y el Prosecretario de Presidencia teorizando algo tan ridículo como si nuestro país fuera “una Ferrari” y si esta estaba “nueva y sin un rayón” o “chocada y pinchada”. Me parece que este no puede, ni debe, ser el nivel del debate político.
Aclaro que tampoco estoy idealizando el pasado, porque también existieron eventos lamentables. Recuerdo al expresidente Sanguinetti mencionar que varias veces “nos cagamos a trompadas” dentro del Palacio con otros parlamentarios. Sin mencionar los trágicos duelos acontecidos hasta finales del pasado siglo.
Pero hoy tenemos otra variable, y es la amplitud que toman los hechos mediante las redes sociales. Antes, los hechos vergonzosos como los de insulto directo no se publicitaban o aplaudían como lo vemos hoy en día en las redes sociales.
Entonces, acá presento un término actual, denominado la economía de la atención, que describe cómo las redes sociales buscan mantenernos enganchados el mayor tiempo posible a sus plataformas, haciendo que veamos más anuncios, lo que se traduce en más ganancias para ellos.
¿A qué voy con esto? Lo divido en dos ideas:
Primero, en ocasiones al escuchar a alguien que piensa distinto a nosotros nos preguntamos ¿cómo se puede ser tan fanático? ¿No ve las cosas que yo veo? Y la respuesta es no.
El algoritmo de las redes sociales, buscando que pasemos más tiempo en la aplicación, intenta recomendarnos siempre un contenido similar, usando nuestras creencias como guía. Esto en sí no es negativo intrínsecamente, pero puede llevar a consecuencias negativas. Por ejemplo, si nos identifica como seguidores de un partido político, nos va a mostrar mayoritariamente noticias que muestran positivamente a nuestro partido. Esto lleva a que dejemos de ver información más amplia como debates, lo que evita que formemos opiniones críticas. Por el contrario, fomenta nuestras ideas ya concebidas, evitando la cooperación sociopolítica.
Esto es una cámara de resonancia, donde nos aislamos dentro de nuestras creencias. Son burbujas que dificultan el ingreso de opiniones opuestas que nos permitan formar nuevas ideas o cambiar de postura.
Uno no se da cuenta de esto porque usa las redes sociales para relajarse o entretenerse, pero crea un aislamiento intelectual al hacer que formemos nuestra interpretación del mundo mediante información repetitiva y sesgada.
La segunda idea que busco compartir es que está estudiado que el odio retiene, nos atrapa particularmente lo que nos irrita. Por esa razón vemos hoy que, cuanto más extrema es una opinión, más viral se vuelve. No creo ser el único al que le ha pasado lo siguiente: vemos una publicación que nos alegra o da risa, le damos like y pasamos al siguiente post. Por el contrario, cuando vemos una publicación o comentario que nos molesta, entramos directamente a comentar mostrando nuestro desacuerdo y diciendo cuán equivocado está el otro… y si tenemos suerte, alguien nos vendrá a retrucar y le responderemos únicamente para sentir un inmenso goce cuando creemos que “ganamos la conversación”.
De este modo, las redes sociales premian las publicaciones que causan polémica, y vemos cómo los actores políticos han empezado a usar esto a su favor, emitiendo opiniones sumamente agresivas, e incluso a veces, extremistas.
¿Cuál es el resultado de esto? La famosa polarización, dividiendo nuestras sociedades de acuerdo con la forma de pensar.
Los algoritmos, sin que este haya sido su fin inicial, utilizan la polarización como una herramienta para que no soltemos las redes sociales, para retenernos.
Esto es totalmente inaceptable. No es ético que nuestros políticos, únicamente teniendo en mente ganar popularidad, generen comentarios o publicaciones que nos separen de nuestros compatriotas. La política no se puede convertir en un “vale todo”.
Esto lamentablemente está viniendo acompañado por el discurso de la libertad de expresión, donde si señalamos una postura extremista, vendrán sus seguidores a censurarnos por el derecho del emisor a expresarse.
Sobre esto expuso el filósofo Karl Popper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos. El texto presenta la paradoja de la tolerancia, según la cual, si una sociedad tolera los discursos intolerantes, puede caer en la misma intolerancia. Según él, la sociedad tiene que guardarse el derecho a negar la tolerancia a los intolerantes, porque si se permite que expresen libremente sus ideologías extremistas, pueden llegar a destruir el valor de nuestra sociedad abierta o a la misma tolerancia.
Pienso que una de las respuestas a esto se encuentra en el actualmente despreciado centro ideológico. Se le pega muchísimo a quien está en el centro, se lo tilda de tibio o cobarde, desde un lado o del otro. Se lo acusa de que la tibieza no lleva a ninguna parte. Por el contrario, yo creo que la figura del moderado, o prudente, destaca por ser capaz de tener una mirada más amplia y no caer en posturas excesivas, siendo el actor capaz de tender puentes y mediar entre quienes se encuentran con posturas opuestas.
Mencionemos que al consultarle al electorado cómo se define, la mayoría decanta por el centro, mas los actores políticos, debido a razones ya expuestas, tienden a evitar etiquetarse de esta manera —cuando les conviene— y emitir opiniones polémicas.
En este punto me gustaría recordar a Alejandro Atchugarry, quien, durante uno de los peores momentos de nuestro país, tuvo la responsabilidad de ser un mediador entre las facciones políticas. Muchos parlamentarios de la época lo recuerdan navegando los despachos del Palacio Legislativo buscando acuerdos para sacar a nuestro país adelante.
Hace más de dos mil años Aristóteles filosofaba que la virtud siempre se encontraba en el justo medio. Por ejemplo, siendo la valentía una virtud, la ubicaba en el justo medio de la cobardía y la temeridad. Formula, además, que el ser humano tiene una cualidad que lo distingue del resto de los animales: su razón, la cual le permite moderar los aspectos pasionales y emocionales de su conducta para orientarse hacia ese justo medio.
Esto es lo que debemos exigirles a nuestros políticos: ser prudentes, lo cual podemos entender como una virtud que se encuentra en el punto medio entre someterse a la tiranía y caer en el autoritarismo.
Hoy pierden el tiempo discutiendo únicamente para demostrar que el de enfrente está equivocado, cuando en la mayoría de los casos son necesarios los acuerdos para salir adelante. Podemos dar el ejemplo de la solución del agua a Montevideo, donde los sucesivos gobiernos cancelan el plan que propuso el anterior, para construir uno nuevo propuesto por ellos, y así pasa el tiempo, sin construirse nada y sin tener una solución.
Ambas opciones tienen sus ventajas y desventajas, pero cada parte se aferra a lo que le interesa, para decir que ellos son dueños de la verdad, y no el otro. Crean la dicotomía de Casupá o Arazatí. Yo me pregunto, ¿por qué no son capaces de concordar y buscar una solución media? ¿O ambas?
En un presente en que nos movemos en espacios cada vez más acotados y la web decide qué leemos y cómo pensamos, entiendo que tenemos la obligación de salir del círculo vicioso y empezar a exigirles a nuestros parlamentarios un nivel superior en la discusión. Estamos obligados a ser más plurales nosotros mismos, sin abandonar nuestras convicciones ni soltar nuestras banderas, pero teniendo la capacidad de oír la opinión contraria.