El sermón real

Este 28 de abril vimos algo impensado: un monarca hablando de democracia en uno de los congresos más visiblemente polarizados, logrando ovaciones de pie y una imagen de concordia entre ambos bandos. ¿No es algo paradójico?

Estados Unidos, una de las grandes repúblicas constitucionales, en las últimas décadas ha sufrido un proceso muy profundo de polarización, donde Demócratas y Republicanos cada vez tienen más dificultades para encontrar acuerdos y puntos en común. Sin embargo, vimos cómo una figura externa fue capaz de unirlos momentáneamente. Carlos III, rey del Reino Unido —antigua metrópoli de los EE. UU.—, nos regaló un discurso en el cual, entre muchas cosas, destacó la importancia de la democracia y la colaboración. Ante esto logramos ver, como hace mucho tiempo no se veía, ovaciones de pie y armonía entre todos los miembros del Congreso estadounidense.

Es importante aclarar que yo no soy monárquico, solo entiendo que a veces las figuras públicas que tienen un rol suprapartidario, al dejar de lado la mecánica electoral, logran unir y tener una mayor aceptación que los políticos, porque estos últimos al tener en mente estrategias electorales, pueden dejar de lado el bienestar del país, dirigiendo sus palabras solo a sus posibles electores y polemizando con sus adversarios.

Si bien el hecho narrado fue protagonizado por un rey constitucional, yo creo que es aplicable a la mayoría de los países donde la jefatura de Estado y la jefatura de Gobierno recaen en personas distintas. Puedo ilustrar esto con el ejemplo de la República Italiana, donde su jefe de Gobierno, es decir, el primer ministro, tiende a ser un cargo envuelto en polémica, y, salvo excepciones como la actual primera ministra Giorgia Meloni, tienden a durar poco en el poder. En cambio, el jefe de Estado es el presidente de la República Italiana. El presidente italiano tiene un rol secundario en la política diaria —pese a tener poderes constitucionales como designar al primer ministro o promulgar leyes— tiene un rol de garante institucional, y es mucho más respetado por la ciudadanía. Basta con mencionar que durante el mandato del actual presidente italiano, Sergio Mattarella —quien cuenta con una gran aprobación— han pasado 5 primeros ministros, en un plazo de 11 años.

En nuestro país, no contamos con esta diferencia, porque las figuras de jefe de Estado y jefe de Gobierno son encarnadas por el presidente de la República.

Destaco que no busco proponer cambiar nuestro sistema de gobierno, eso ya se ha intentado en al menos dos ocasiones. En la Constitución de 1918 vimos nacer al Consejo Nacional de Administración, y en 1952 al Consejo Nacional de Gobierno, más conocido como Colegiado. Ninguno de estos casos fue exitoso. Entiendo cuál fue el afán original de don José Batlle y Ordóñez al intentar aplicar estos modelos importados desde Suiza, pero en mi opinión, la tradición y la forma en que se gestó este país hace que nuestra idiosincrasia no sea compatible con estas formas de gobernar. Nuestro país ya es sumamente lento a la hora de cambiar, debido a la burocracia, por lo cual, dividir las facultades del presidente, convirtiendo al Ejecutivo en un pequeño parlamento, agravaría las cosas.

Tampoco pretendo una neutralidad total de parte de quien acceda a la presidencia. Sería muy ingenuo creer que eso es viable. Nadie llega a la presidencia sin ser parte de un partido, sin tener un programa o intereses. El problema no es que el político piense de manera electoral, sino que esté subordinado al cálculo electoral.

La persona a quien se le ha confiado el cargo debe tener permitido tener ideas, pero debe ser capaz de entender que no solo gobierna para quienes lo votaron, sino para toda la ciudadanía. Su primera lealtad es con la República, no con quienes lo llevaron al poder. No necesitamos ni un rey ni figuras ceremoniales, sino que, en el cargo, se entienda que no son solo jefes de la mayoría, sino de la República entera.

This article was updated on 2 junio 2026

Estudiante de Licenciatura en Sistemas y consultor en Datos e Inteligencia Artificial. Lector inquieto de filosofía, historia, política y tecnología, se interesa por las ideas que moldean la vida pública.

Escribe desde una búsqueda intelectual amplia, con vocación humanista, liberal y crítica. Sus textos procuran unir reflexión, claridad y sentido práctico, explorando temas vinculados al pensamiento político, la cultura, la formación intelectual y los desafíos contemporáneos, con especial atención al valor del diálogo en la construcción de una sociedad más libre, responsable y humana.